Acurrucados en el sofá, ella le pregunta si de verdad la quiere. Él no lo duda un instante y, como prueba de amor, pasa las tres noches siguientes con la cabeza metida dentro de la jaula del hámster.El sol de la tarde derrama sobre el parque su dorada luz otoñal. Ellos pasean de la mano y van dando suaves patadas a las hojas secas.Ella se acurruca contra él y le susurra algo al oído. Él responde con una risa limpia y en ese momento se da cuenta que ha salido de casa sin pantalones.Sus cuerpos se entrelazan sobre la cama hasta formar uno solo. Él la mira fijamente a los ojos y le dice que la ama. Ella responde que quién coño es ese tipo con gabardina que está de pie junto a ellos. Él contesta que debe tratarse de algún antiguo inquilino.Él siempre recordará aquel día en que llegó a casa después de una jornada laboral especialmente dura y desalentadora. Giró la llave y al abrir la puerta, se encontró con que ella había cubierto todo el apartamento con anchoas. Había anchoas por todas partes: en el suelo, en las paredes, colgando de las lámparas, sobre los muebles... Aquello le hizo recuperar inmediatamente la esperanza. Fue un momento mágico, inolvidable.Ella se siente intranquila esta noche. De pie frente a la ventana del dormitorio, busca la luna en una noche sin luna. Él se acerca y la besa en el cuello. Acaricia sus hombros, intentando calmarla. Ella le responde con un codazo seco en las costillas y le retuerce el dedo meñique hasta moldear una bonita escultura que recuerda vagamente al Balzac de Rodin. Él comprende entonces que en ese momento prefiere estar sola. Vuelve a la cama y se duerme observando su hermoso perfil recortado contra la ventana. Al día siguiente es domingo pero él se levanta temprano. Se desliza fuera de la cama, intentando no despertarla. Se pone el abrigo y baja a la panadería. Compra croissants y, aún calientes, los va clavando con chinchetas en los árboles del paseo marítimo. Después estudia la posibilidad de apuntarse a clases de alpinismo.Él la espera a la salida del trabajo. De repente, siente vibrar su teléfono móvil: es ella. Le pregunta dónde está y él contesta que está junto a la vieja fuente, esperando a que salga de la oficina. Ella le responde que hace año y medio que ya no trabaja allí. Él ríe y en ese momento se da cuenta de que ha salido de casa sin pantalones...
R.O.B

Hola
ResponderEliminarMe gusto, sobre todo el final, haha.
El ego es... el enemigo numero 1 y cuando alguien lo lastima nos suele poseer, tanto que a veces necesitamos un exorcista.
Un abrazo.
Joe