miércoles, 4 de febrero de 2009

Blue Note




Su uniforme es una corbata negra y una camisa azul. Sus movimientos son firmes, seguros. Los vasos que acomoda en el estante no le merecen respeto porque los ha tratado demasiado. No sonríe. Parece que está peleado con sus sonrisa y sólo la saca de vez en cuando para que no se le vaya de por vida. La música empezó y sus ojos parecieron despertar por sus pestañas que abanican el humo de un cigarro que no fumaba. Jon tiene el cabello rubio y lo amarra con una liga para ser quien es. Todas las noches mientras una nota sostenida de sax tenor suena del otro lado del salón, una mujer en el piso de arriba consuela a su hijo y le da de comer. Jon no sabe de ella, ni ella de él, pero los dos pisaron la misma acera con la misma basura para estar donde están. Jon salió a las cinco de la mañana de trabajar y pasó por el Deli de la esquina de su casa; vio una cáscara de plátano y se acordó de las caricaturas que ahora ve su hijo. No hacía tanto frío y le hubiera gustado caminar hacia el río Hudson y terminar con la vida de su mujer. Hacía tres noches que no se aparecía el cliente que siempre va. Jon estuvo toda la noche recordando su mirada en el momento en que le acomodó la capucha de su abrigo; cómo lo había mirado y cómo no había besado su sonrisa medio torcida. Hubiera sido fácil porque estaba borracho; parecía que sólo en ese bar se sentía a salvo del hombre lobo que de niño lo tenía sentado en sus piernas. Está lloviendo. La gente camina apurada y un niño con una sola pierna y un patín en ella clava sus aparatos ortopédicos en el pavimento para impulsarse. El hombre que lo acompaña es su padre y sólo él es desgraciado; ayer en la noche estuvo llorando porque le habían tatuado “Jon” en la espalda y tenía la mano entumida por el dolor.


Carmina Narro

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